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"Desde que empecé a practicar el ciclismo, con 11 años, el Tour era la carrera en la que soñaba competir algún día"
EL DISEÑO DEL TOUR 2004 NO BENEFICIA A ARMSTRONG

Desde que empecé a practicar el ciclismo, con 11 años, el Tour de Francia era la carrera en la que soñaba competir algún día. En 1985 tuve la oportunidad de integrar el pelotón de la prueba, y seis años después conseguí ganarla por primera vez. No es fácil encontrar las palabras que describan lo que supone rodar por unas ciudades volcadas con los ciclistas. El país se paraliza en el mes de julio y las carreteras se llenan de aficionados que llegan de toda Europa para sentir de cerca la pasión de este deporte en las cumbres. Más complicado aún es definir las sensaciones que uno tiene al levantar los brazos en París. Lo he repetido cinco veces en mi vida, siempre con una impresión de plenitud.

Lance Armstrong se presenta como favorito para ganar la edición 2004, sumando así su sexto podio consecutivo en los Campos Elíseos. He tenido oportunidad de estar con él hace unos días y le veo mentalizado para superar una marca que ambos compartíamos con Jacques Anquetil, Bernard Hinault y Eddy Merckx. Es verdad que el año pasado atravesó algunos momentos delicados, pero supo reponerse y para esta ocasión, exceptuando a Iván Mayo, todavía no han aparecido sus competidores. Están escondidos.

El Armstrong con el que coincidí en el pelotón del Tour, en 1995, es radicalmente distinto al que he tenido oportunidad de seguir en estos últimos años por televisión. Entonces era un corredor de un día, más explosivo y menos calculador. Salía a ganar cada etapa sin pensar en el día siguiente, sin ahorrar energías. Después de la enfermedad que sufrió he visto otro ciclista, mucho más calmado, centrado en controlar la carrera en cualquier circunstancia.

El Tour es la competición ciclista más grande y universal del mundo, por lo que cada año intenta poner piedrecitas en el camino al corredor dominante o al menos no facilitarle el triunfo. Es algo que sufrí en primera persona desde 1991. En esta ocasión se ha diseñado un recorrido que no beneficia al norteamericano. Es un ciclista al que le gusta dejarlo todo atado desde las primeras semanas y ahora se enfrentará a una contrarreloj en la subida a Alpe d’Huez cuatro días antes de llegar a los Campos Eliseos. De esta forma, hasta las últimas etapas no se conocerá al campeón. Lo normal es que la carrera esté menos definida, que haya más incertidumbre durante toda la prueba.

La etapa de Alpe d’Huez, con 15 kilómetros de ascensión, será uno de los grandes atractivos del año. Esta cima es un ejemplo de cómo se han mitificado algunos enclaves del Tour, ya que no es un puerto excesivamente duro. Lo complicado es lo que hay que recorrer para llegar hasta su base, porque Alpe d’Huez es la puntilla. Y sobre todo está el hecho de que allí, como en el resto de etapas de los Alpes, se dan cita holandeses, belgas, alemanes o suizos, aportando un colorido especial a la carrera. Es el momento en el que el Tour pasa más cerca de sus países y no desaprovechan la ocasión de hacerse notar.

MÁS DE 4.000 PROFESIONALES EN CADA ETAPA

Si hay algo que he descubierto con satisfacción al dejar de competir ha sido la pasión con que se viven las llegadas a Meta. Es uno de los pocos detalles que no había tenido oportunidad de conocer como corredor y que recomiendo a quien quiera sentir el atractivo de este deporte. Cientos de personas en la calle que vibran escuchando un transistor mientras otean el horizonte. Los gritos de los aficionados que están a 500 ó 600 metros son los que te anuncian que los corredores se acercan a la meta. Entre quienes están congregados junto a la pancarta final se escuchan rumores sobre quiénes van escapados o qué diferencia le llevan a los perseguidores. El ambiente es impresionante.

Para asumir la repercusión internacional de la prueba no hay más que mirar a las cámaras. ¡Están en todas partes! Hay unos 1.200 periodistas acreditados que llevan la información de la prueba a 170 países distintos. En directo la retransmiten 21 televisiones distintas, lo que convierte la meta de cada jornada en un gigantesco plató al aire libre, donde es difícil circular sin tropezar con cables, micrófonos o focos.

Personalmente, tuve la fortuna de que un compañero de equipo, Perico Delgado, hubiera ganado la carrera antes que yo. De esta forma, cuando por primera vez tuve que vestir de amarillo ya conocía la rutina y me ayudó a afrontar cada encuentro con la Prensa. Es la prueba de mayor seguimiento mediático, algo que impresiona al corredor más experimentado.

La expectación que despierta el Tour ha forzado a que en la edición de 2004 no se afronten puertos de leyenda, como el Tourmalet o el Galibier. Hay quien piensa que se pierde parte del encanto de la carrera, pero lo cierto es que hay un problema de espacio. La caravana oficial de la prueba mueve actualmente unas 4.000 personas, entre corredores, técnicos, seguridad, azafatas, periodistas y miembros de la organización. Es toda una pequeña ciudad en movimiento, seguida por miles de aficionados, que necesita un espacio y unas infraestructuras que suelen estar alejadas de las grandes cumbres. Los picos que se han escogido como alternativa presentan un perfil semejante, con rampas que también romperán la carrera, pero con menos leyenda en cada curva.

ADIÓS AL DETERGENTE

El día a día para un corredor del Tour es muy monótono, como el de cualquier otra prueba. Te levantas tres horas antes de la etapa y desayunas. Después preparas la ropa y revisas los detalles de la etapa, antes de que el autobús te lleve a la salida. Una vez que termina la etapa, si tienes suerte, atiendes a la Prensa, y si no te vas directamente al hotel para cenar y recibir un masaje. Entre los detalles que han variado está el lavado de la ropa. En los primeros años recuerdo que cada uno se lavaba el maillot en la habitación del hotel, aunque después el camión del equipo incorporó una lavadora que nos evitó el contacto diario con el detergente.

En cuanto a la alimentación, es algo que ahora empiezo a lamentar. Tantos años recorriendo Francia y apenas he catado sus mejores vinos. No es por mi culpa. El agua y el vino que se toma durante la prueba los llevábamos de España, para evitar cualquier pequeña variación local. Las comidas son siempre lo mismo, con pasta y pescado a la plancha, sin apenas concesiones.

ME INCLINO POR LOS PIRINEOS

Las 20 etapas que se disputan este año y que tendrán 3.395 kilómetros de recorrido no sólo permiten conocer la gran variedad de Francia, sino que también se detienen en Bélgica. La prueba comienza en este último país, con una etapa prólogo en Lieja, para seguir durante otros tres días por ciudades de como Charleroi o Waterloo. De allí pasa al norte de Francia y la Bretaña. Después de atravesar el macizo central la carrera desciende a los Pirineos y sube por el Este hacia los Alpes. Lo normal es que estas cumbres designen a los elegidos para el podio de París.

Aunque los Alpes son majestuosos, personalmente siento una especial predilección por los Pirineos. En las cumbres que compartimos franceses y españoles es donde me vestí por primera vez de amarillo en el Tour de Francia y donde siempre he sentido el aliento de los aficionados. No eres consciente de todo lo que ocurre a tu alrededor, pero cuando vas concentrado en la bici aprecias, como un murmullo de fondo, los gritos y los cánticos. Son detalles que te estimulan, que te hacen crecerte en los momentos difíciles. En pretemporada he subido los mismos puertos, cuando no hay nadie en las cunetas, y la sensación es que son más largos y con más pendiente.

Toda la magnitud del Tour, el poder de convocatoria y la atención de los medios informativos internacionales alcanza su momento culminante en los Campos Elíseos de París. Subir al podio de amarillo en esa gran avenida abarrotada de espectadores es algo extraordinario. Cuando levanté los brazos por primera vez, escuchando los cánticos de los aficionados españoles, pensé que dificilmente podría conseguir algo mejor en mi vida. Quizá por eso repetí otras cuatro veces.

Miguel Indurain (Coordinación META IMAGE)

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